AUTOBIOGRAFIA

UNA ESTRATEGIA SUBJETIVANTE EN EL ABORDAJE INSTITUCIONAL

M. Lorena Cifre*
Ernesto Lentini**

Introducción
Este trabajo describe una experiencia titulada “Proyecto Autobiografías”, realizada durante el año pasado en el Centro de Día CETEI. Dicha propuesta invitaba a cada participante a abordar el proceso de construcción de su historia de vida, a través de un recorrido consistente con los objetivos terapéuticos que entretejen su proceso de tratamiento en la institución. Se trata de 30 personas con discapacidad mental y/o con psicosis, adolescentes algunos, adultos la mayoría, que asisten al Centro de Día para llevar a cabo un programa de tratamiento que cursa a través de diferentes instancias individuales y grupales, abarcando actividades socializadoras, recreativas, expresivas, estimulatorias y artísticas, articuladas en un encuadre terapéutico.

Así, una de las estrategias construidas para acompañar el proceso de tratamiento de cada paciente fue el “Proyecto Autobiografías” el cual, tanto por sus características como por su articulación con el proyecto institucional de CETEI, concentra ejes de lectura que consideramos relevantes para reflexionar acerca de las condiciones de atención y tratamiento de las personas con discapacidad mental. Dado que nos interesa abordar ese punto de anclaje entre los objetivos de la práctica institucional y las actividades que regulan la experiencia cotidiana en el Centro de Día, la exposición de este trabajo abarcará sucesivas precisiones del campo de análisis, partiendo de la descripción del dispositivo institucional, puntualizando a continuación el Proyecto Autobiografías, para concluir en la lectura de algunas dimensiones implicadas en la producción de nuestros pacientes.

El dispositivo institucional
CETEI tiene por objetivo central acompañar en cada paciente el proceso de construcción de un proyecto de vida desde dos vertientes articuladas entre sí: de una parte, a través de la promoción de instancias de subjetivación; de la otra, mediante la expansión de sus condiciones de inserción en la dinámica social. En dicho programa interviene una perspectiva teórico-clínica sobre la discapacidad mental que, al abordar las vicisitudes de la constitución y estructuración del psiquismo, incorpora una reflexión acerca de los procesos institucionales y sociales. La discapacidad mental aparece, de este modo, como una categoría compleja performada desde diferentes instancias, por lo que entendemos el proceso terapéutico como un movimiento que atraviesa distintos niveles de determinación -social, institucional y subjetivo- operando sobre las suposiciones y condicionamientos que los definen.

Tomar distancia de las versiones unicausales o reduccionistas acerca de esta problemática nos lleva por otros caminos que los señalados por los enfoques biologicistas y organicistas: así, sostenemos que la discapacidad mental no constituye una entidad homogénea, ni expresa un segmento sistemático y específico del campo de la patología, ni representa la versión deficitaria de una “normalidad” instaurada a la vez como parámetro y como ideal. Consecuentemente, el dispositivo institucional no se delinea como operación sobre un determinado trastorno [1]; tampoco se dirige a proveer cuidados o controles normativos, ni a promover conductas meramente funcionales o adaptativas.

Por el contrario, nuestra práctica se dirige a construir y posibilitar un campo de experiencia compartida que, mediante la creciente inserción en ámbitos promotores de desempeño autónomo, se haga soporte de un recorrido terapéutico a desarrollar por cada paciente a partir del despliegue de su posicionamiento subjetivo. Trabajo que sólo será posible en la medida en que el dispositivo institucional pueda asumir una mirada que relativice la importancia asignada socialmente al trastorno que presenta el paciente, para dar lugar a una interrogación acerca de quién es y por qué ha fijado modalidades de vinculación y de desempeño que le resultan ahora tan críticos. Esto nos lleva, obviamente, a rechazar la naturalización de la discapacidad mental como factor determinante y causal de la experiencia integral del sujeto. Pero también nos lleva a rechazar la naturalización del espacio institucional como el ámbito idóneo para su tratamiento, y a situar la necesidad de sostener una reflexión continua acerca de su dinámica y su operatoria. En tal sentido, nos parecen insatisfactorias algunas de las formas que las instituciones suelen adoptar para la atención de personas con discapacidad mental: una de ellas se caracteriza por la pretensión de reintegrar en una estructura totalizante de sentido los desempeños parciales o fragmentarios de cada uno de sus integrantes [2]; otra, está dada por la tendencia a situar el trabajo institucional como vía de provisión de las habilidades o funciones de las que carecerían sus concurrentes [3]. Por nuestra parte, entendemos que la misma perspectiva que interroga en la persona con discapacidad su singularidad (y no su síndrome) es la que se juega en la reflexión acerca de la institución, su ubicación en lo social, la concepción de subjetividad que construye y los efectos y consecuencias de su práctica -ejes de análisis sin los cuales todo dispositivo institucional puede encaminarse a reproducir y reforzar precisamente aquello que se propone desarticular.

Como instancia sobredeterminada por una intervención clínica, una práctica institucional y una actividad social, CETEI se organiza alrededor de distintos encuadres, los que proveen una serie de coordenadas en las que se despliega la productividad de cada uno de sus concurrentes. Sin embargo, esta productividad presenta aquí caracteres particulares, cuyos contornos requieren cierta definición: no consiste en la adaptación de modelos importados de la esfera educativa, ni de los propios de la organización laboral, sino una diversidad de actividades cuyo punto de convergencia está dado por su ductilidad para posibilitar una lectura acerca de los vectores de estructuración subjetiva que delinean las posiciones de sus participantes. Esto no implica, desde luego, que nuestros pacientes no construyan aprendizajes ni adquieran habilidades cognitivas, ocupacionales o de otra índole; lo que en cambio señala es que tales adquisiciones no constituyen en sí un fin, sino que se producen como correlato de sus procesos de estructuración psíquica, a su tiempo y en virtud de las vicisitudes que los movimientos de subjetivación presentan. La productividad que procura promover CETEI apunta, de este modo, a la implicación subjetiva en la propia praxis. Se advierte aquí la importancia del papel de la palabra, desde donde la propia historia pueda tener lugar.

Proyecto Autobiografías
Uno de los encuadres terapéuticos que integran la propuesta del Centro de Día consiste en un Taller de Expresión, el cual se dirige a favorecer la puesta en juego y la estructuración integral del caudal expresivo. Dicho ámbito articula estrategias orientadas a la expansión y elaboración del lenguaje, la comunicación y los procesos de pensamiento, la expresión corporal, la lectoescritura y la actividad literaria, y constituye el marco dentro del cual se implementó el Proyecto Autobiografías.

Allí el proyecto de construir la propia historia circuló como una propuesta abierta. Abierta a todos los concurrentes, abierta a la modalidad de cada uno, abierta a la investigación, abierta hacia los otros, abierta también a la decisión personal de realizarla o no. Con diferentes tiempos, poco a poco, los pacientes fueron animándose en esta búsqueda y recorrido por la propia historia.

Una búsqueda orientada (fundamentalmente en sus comienzos) a partir de disparadores tales como: rastrear y comentar en grupo autobiografías de personajes famosos; visualizar esquemáticamente y mediante ejemplos el concepto de “línea del tiempo” y ubicar en ella distintos momentos vitales; armar una lista o fichaje de familiares, amistades y referentes con quienes consultar datos informativos; buscar, seleccionar y ordenar cronológicamente fotografías y documentos; reconstruir el árbol genealógico; establecer entrevistas con familiares; etc. La propuesta contempló también la confección final de un cuadernillo o libro individual que, conteniendo relatos, fotos y recuerdos, plasmaría el recorrido realizado por su autor.

Para coordinar esta experiencia, fue necesario asumir diferentes funciones en distintos momentos o situaciones:

- en ocasiones, una función motivadora: tanto en la presentación del encuadre como en el aporte de las consignas que permitieran acotar el trabajo cuando la propuesta parecía inabarcable, cuando no se sabía por dónde comenzar; también como disparador de un relato y como acompañante en la búsqueda de imágenes, en la selección de fotografías y en la realización de gráficos y dibujos (cuando la falta de habla requería que el texto se armara a partir de un relato de gestos, elecciones y selecciones, opiniones compartidas afectivamente con otros familiares que relataban en presencia del paciente); también en la organización temporal de las fotografías seleccionadas y en la búsqueda de un código que permitiera incorporar al otro y hacer circular la propia historia desde un recorte también propio;

- función, a veces, mediadora en entrevistas con familiares o referentes afectivos, donde la tarea no se dirigía tanto a interrogar como a dar lugar a los interrogantes del sujeto hacia y frente al otro, así como también a acotar extensos monólogos que excluían al sujeto del diálogo, o bien lo perdían en un recorrido interminable de nombres de profesionales de la medicina, hospitales, instituciones y consultorios, reduciendo su historia de vida a una historia clínica. Las intervenciones en estos casos apuntaron entonces a relativizar cristalizaciones en el discurso y abrir paso desde un lugar de terceridad a nuevos interrogantes o vías posibles de historización;

- función, en ciertas ocasiones, de secretario [4]: como asistente técnico en el uso de la computadora, tomando nota con quienes no poseen la escritura como herramienta y fotocopiando fotografías y documentos; a veces ofreciendo la escucha para posibilitar el ensayo primero de dialectizar su historia, de hacerla comprensible a otros, primer rodeo del discurso que buscará las palabras adecuadas para una escritura posterior. [Cabe mencionar aquí el trabajo realizado con J. (paciente de 57 años con diagnóstico de esquizofrenia paranoide). J. relata una historia de cortes contundentes en situaciones importantes de su juventud, en las que se vio excluido, echado, discriminado por otros (compañeros de la facultad, integrantes del grupo de una iglesia, primos, etc.) y con quienes rompió todo trato luego de esta época, pese a haber vivido muchas anécdotas y compartido experiencias y situaciones muy importantes de su historia. J. dicta a la coordinadora (recurso implementado por el hecho de que su letra poco legible hacía que al transcribir el texto en la computadora, J. acabara por escribir uno nuevo, quedando perdido el original manuscrito) un relato de argumento circular, de oraciones breves, con escasos detalles, pero de un peso y una certeza contundentes, determinantes del final abrupto de cada situación relatada. De a poco, y con cierta ingenuidad como recurso, la coordinadora fue preguntando detalles y pormenores que J. se esmeraba en explicar. De este modo, introduciendo al otro en el circuito del lenguaje, la frase va perdiendo peso como tal y las causas parecieran ya no ser tan determinantes, ni las certezas tan inamovibles. J. introduce la duda frente a las intenciones del otro, y situaciones de su historia que ya han perdido su valor persecutorio pueden ahora reinscribirse en una nueva vertiente. A partir de aquí, aquellos otros persecutorios comienzan a cobrar nombre propio y perfilar atributos personales, permitiendo dar cuenta de ciertos puntos identificatorios y características valoradas en el otro, ya no como perseguidor sino como par y compañero de experiencias.]

Descripción de la experiencia
La formulación y diseño de este proyecto delimitaba un conjunto de objetivos según los cuales, además de incorporar a los referentes afectivos de los participantes y favorecer la socialización de su actividad, se pondrían en juego múltiples instancias de movilización en cada autor: la habilitación del campo de la memoria (no la recuperación de la información, sino más genuinamente la reapropiación de eventos y acontecimientos que se validan por su vividez y jerarquía en el recuerdo de cada paciente); el proceso de reconstrucción historizante de tales sucesos; la enunciación en primera persona como campo de demarcación respecto del discurso del otro (usualmente, el otro familiar, portador del discurso monolítico del sujeto); el despliegue de una matriz identificatoria a partir de la designación de familiares, amigos, vecinos y otros referentes y del valor de sus palabras respecto de este sujeto; la posibilidad de mediatizar el vínculo existente con el grupo familiar y afectivo (de modo tal que el déficit pierda centralidad ante un discurso que propone una posición diferente en el plano social); la periodización de la propia experiencia de vida; las posibilidades de acceso a una mirada novedosa del otro y de sí mismo (verse -y ver a otros concurrentes- desde un lugar distinto al que la rutinización de la experiencia común sustenta, situando condiciones de habilitación de un vínculo más elaborado y convocando instancias referenciales al interior de la institución, para que ésta no genere una experiencia discontinua con la cotidianeidad de cada concurrente).

Sin embargo, los resultados de esta experiencia sobrepasaron en gran medida aquellas expectativas. La creatividad -entendida no por su dimensión estética sino por la relación que guarda el sujeto con el producto de su trabajo-, el entusiasmo y deseo de saber e investigar sobre sí mismos, dejaron ver muy pronto que lo que allí estaba en juego no era una actividad más, y que el Proyecto Autobiografías se perfilaba como un recurso altamente movilizante en la experiencia de nuestros pacientes, sus familias y la institución. Entusiasmo que permitió animarse frente a los escollos y las dificultades que se presentaban: la falta de familiares directos a quienes recurrir, la falta de interés y apoyo de algunos de ellos cuando existían, la falta de documentos y fotografías -faltas éstas que se sumaban, por lo demás, a las dificultades propias en casos donde lo que faltaba era el habla, la audición y/o la escritura.

Y hubo que vérselas con la falta... no para evadirla, no para historizarla, sino para ir más allá de ella. Relativizar el déficit historizando las experiencias subjetivas, los recuerdos, anécdotas, también los discursos del otro, pero en un acto de apropiación de los mismos. Elaborar los vínculos personales, armar la propia red de afectos y lazos desde donde poder rearmar una historia de filiación e identidad. Dar lugar a una lógica propia y particular que permita rehistorizar(se) en una matriz identificatoria de recuerdos, lazos, vínculos, lugares, situaciones, personajes, imágenes, discursos. Una historia del sí mismo por sí mismos que al enunciar(se) en primera persona abra la posibilidad de desarmar la lógica impuesta por el discurso del Otro. Un desarmar y rearmar, apropiándose de las piezas en juego, seleccionándolas y reorganizándolas en un juego que es el propio. Un nuevo orden, una nueva matriz donde -aunque muchos de los hilos se tomen del afuera (del discurso del Otro y de los otros)- en su trama podrá darse cuenta de que hay un sujeto que teje y que organiza su propio tejido.

Es sólo en cada una de estas tramas que podrá verse lo particular de cada trabajo: líneas que toman un nuevo curso, líneas que siguen el curso de un vínculo particular, líneas que comparan, líneas que recorren lugares y mudanzas por donde se irán circunscribiendo sus experiencias, líneas del tiempo que irán respetando sus propios tiempos, sus propios recorridos.

Recorridos que comienzan poco a poco a discriminar -dentro de una masa amorfa de vivencias, relatos de otros, fotografías, recuerdos- un relato desde lo temporal y singular que organiza y propone la diferencia.

Para R. (paciente de 27 años, con diagnóstico de retraso mental moderado, esquizofrenia y con características impulsivas), inscribir la diferencia aportó un interesante recorrido. La problemática presente en R. consistía en una conducta impulsiva y con un particular interés por lo sexual, interés que lo llevaba a la propuesta indiscriminada hacia cualquier mujer de casarse con él. Esta situación de indiscriminación e impulsividad era una más en la serie donde R. se ve indiscriminado con su hermano gemelo, quien había contraído matrimonio recientemente. El trabajo autobiográfico permitió hacer un proceso de discriminación a partir de las fotografías infantiles de sus cumpleaños (únicas fotografías enviadas por su familia), donde R. fue señalando cuáles eran sus invitados y cuáles los de su hermano de manera espontánea, para sólo luego comenzar a hablar de los afectos que lo unían a cada quien. Diferencia que le permitió hacer un recorrido singular ante fotografías que unifican y dan peso a un pegoteo que sintomatiza.

P. (paciente de 33 años, con diagnóstico de retraso mental leve, trastorno bipolar y características paranoides) se encontraba tipeando rápidamente su relato cuando la diferencia aparece desde lo escrito, inscribiendo esta vez una igualdad que pone en juego su singularidad. El escrito relataba un suceso de su juventud, en el cual un muchacho llamado Néstor, al no responder a su demanda amorosa, la hacía sufrir. P. deja abruptamente de tipear y pregunta descolocada: “¿es lo mismo Néstor que Ernesto?” La diferencia fue vista, y al perder peso el significante la escena en sí cobra primera plana para dejar ver la similitud, en tanto esta escena se repite con tantos otros que han sido ubicados por ella en el mismo lugar (A), Otro que siendo objeto de amor se torna -al ser rechazada- objeto perseguidor.

Recorridos que recortan, y en este recorte dejan huella de su posición. Posición que en el caso de M. (paciente de 39 años, con retraso mental leve y dificultades para vincularse e integrarse socialmente) permitió vislumbrar cierta responsabilidad subjetiva. Teniendo una relación conflictiva con su hermana apenas unos años mayor que ella, al relatar su infancia y dar cuenta de la atención exclusiva que sus padres le dedicaban, M. pudo pensar y preguntarse si sus hermanos se habrían sentido rechazados y celosos al recibir menos atención por parte de sus padres.

Posiciones también defensivas, como en V. (paciente de 42 años, con un cuadro de parálisis cerebral) quien al titular su autobiografía “Mi historia como fan” -proponiéndose escribir sólo sobre lo placentero- decide que en su relato “no aparezcan cosas tristes”. Al escribir desde una posición defensiva su historia como fan, escribe una vida pegada a la de otro, su ídolo, lo que le permite no afrontar aquello que la angustiaría. Pero su subjetividad aparece finalmente en este sinuoso recorrido, incluso en el mismo tiempo en que solicita que la parte triste de su historia se mantenga oculta, en el ámbito privado. El haberlo enunciado la coloca ya en una nueva posición: ella no es sólo lo que escribe, hay cuestiones que no puede ni quiere trabajar. Y esto también la define.

En la misma línea comentamos la situación de C. (paciente de 40 años con diagnóstico de retraso mental leve y trastorno delirante) con conductas compulsivas de salir sin rumbo y caminar varios kilómetros recorriendo diferentes lugares, preocupado en conocer sobre barrios, ciudades, provincias, países. Los temas de sus producciones escritas dentro del espacio del Taller de Expresión insisten con los viajes, el mar, el horizonte, la búsqueda. En su autobiografía, C. empieza el relato de esta manera: “Mi historia comienza a los tres años...”. Agujero en su historización que vuelve a encontrarse en la formulación de su árbol genealógico y en la búsqueda de fotografías. Fotos y nombres de los referentes afectivos de su infancia que C. no se atreve a pedir y que permitirían dar consistencia imaginaria a lo forcluído en su historia. Una biografía de búsquedas compulsivas enfrenta a la pregunta “¿qué busco?”, mientras que deja claro qué es lo que C. no puede preguntar(se). Pregunta sobre sus orígenes, sobre su adopción, sobre su identidad. El trabajo autobiográfico le permite a C. comenzar a esbozar una pregunta aunque no termine de ser formulada. Hasta aquí llegó C., hasta aquí quiso o pudo. Hasta aquí lo acompaña este proyecto.

Acerca de la producción creativa
Esta producción autobiográfica, que implica la apropiación de un relato sobre sí mismo, no es por lo demás sólo para sí mismo: en su producción se pone en juego la consideración del otro, del otro lector de la autobiografía. Su trabajo será entonces un “don” al otro.

En varias oportunidades, a lo largo de esta experiencia, surgió la cuestión acerca de si se podía escribir o no absolutamente todo cuanto se le ocurriera al autor: diferenciando lo que sería un diario íntimo de una autobiografía, se trabajó incluyendo al otro en el propio discurso, apelando a una represión en acto sobre el propio relato, delimitando aquello que podría ser de incumbencia en lo público de aquello que se prefería resguardar en el ámbito de lo íntimo y privado. Un dar con límites. Límites propios, en un dar que ya no es el darse como falo al Otro; límites que no son los del síntoma.

Mientras que el síntoma es el límite a la producción pasiva del falo [5], en la producción autobiográfica (como en toda creación artística sublimatoria) el proceso se da a la inversa. El sujeto puede actuar, sirviéndose del mismo medio de la pulsión (objeto a: voz, mirada, etc.), para constituir a distancia de él, la obra que ocupa el lugar de falo que él era para el Otro. A diferencia del síntoma, la sublimación requiere del acto, se firma, y el erotismo desplazado obtiene así un nombre que no es el del padre del Edipo, sino esa ligadura que en el a-posteriori circunscribe un origen.

Lo creado innova sobre el terreno de una ausencia primera, es consistencia de un origen inconsistente, aquel en que se extravió el goce de su cuerpo. Las obras mostradas exteriorizan el goce del cuerpo mítico, sólo evidente en la retroacción de una escritura que significa su pérdida: “escribir -plantea por ello R. Barthes- es un coloquio con el cuerpo de la madre”.

La obra no se completa sino en relación con los lectores: “lectores ideales” [6] que pueden imaginar su interlocutor potencial otorgando una intencionalidad comunicativa a la obra. Obra que asegura una serie, obra en circulación que no pasa a ser de uno más que del otro.

Lo creativo implica sumar el nombre propio a la serie, lo que ilumina un orden de diferencia: algo ya no será lo mismo. El sujeto, inscripto, ya no es el mismo; incluso se podrá leer a sí mismo como otro, ajeno, escindido de su obra. A la vez la obra no será sino defectuosa para representar plenamente al sujeto, ya que no todo puede ser dicho. No hay modo de decir que sepulte todos los decires. Cada paso expande e implica un recorrido singular y una producción de diferencia.

Conclusiones
Según nuestra perspectiva, reducir la problemática de la discapacidad mental a los atributos y situación de quienes la presentan no hace otra cosa que reforzar su institucionalización y su descalificación en el terreno social. Es por ello que situamos la discapacidad mental como una categoría surcada por atravesamientos sociales, institucionales y subjetivos, y definimos su proceso terapéutico como una intervención orientada a conmover las suposiciones que los caracterizan.

Tales suposiciones pueden identificarse rápidamente: en el plano social, el término discapacidad mental describe a aquellas personas que -carentes de las habilidades y recursos necesarios para una vida normal y autónoma- no podrían dar cuenta de sí y requerirían ser asistidos y monitoreados por terceros; como asunto y jurisdicción de las instituciones, la discapacidad mental se desgrana en un extenso inventario de rasgos, deficitarios en su rendimiento y disarmónicos en su expresión, que es preciso modificar, contener, encauzar, inscribir en el flujo social; como impronta en la constitución subjetiva, la discapacidad mental aparece como la deserción más o menos masiva de la actividad de representación y de pensamiento y su delegación en la figura hiper-presente del Otro.

La experiencia del Proyecto Autobiografías ilustra, según nuestro criterio, el modo en que dicha estrategia -inserta en un dispositivo terapéutico- repercute y se refracta en aquellas dimensiones de intervención.

Instancia de intervención social, en la medida en que la producción del sujeto es un decir frente a otros, una producción mediante la cual se instala desde otro lugar que el de la imposibilidad, el trastorno, la patología, para dar oportunidad a una relación basada en el reconocimiento de sí y de la propia historia.

Estrategia que inscribe, también, una marca en la subjetividad de cada participante. Como vimos, su efecto no es homogéneo y la apropiación que cada paciente realizó (realiza) de esta experiencia es singular. No obstante, sus coordenadas son tales que aportan la posibilidad de habilitar, a partir de una creciente implicación en el lenguaje, efectos subjetivantes.

Potencial estructurante que es posible sólo en la medida en que una instancia tercera se haga soporte y garante: es por ello que el ámbito institucional no provee fórmulas, ni prescribe cómo hacer, ni señala puntos de llegada, sino que se ofrece simplemente como espacio de acompañamiento del trayecto que cada participante realiza y desde el lugar que cada quien requiere. Experiencia, por tanto, de encuentro [7], de habilitación de un campo estructurante para el despliegue del sujeto. A distancia de una concepción masificante de lo institucional, instituyendo un ámbito de expresión y construcción de lo singular.

* Lic. en Psicología (UBA). Coordinadora del Taller de Expresión del Centro de Día CETEI.
** Lic. en Psicología (UBA). Mgter. en Ciencias Sociales (FLACSO). Director del Centro de Día CETEI.

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