Espacios de vida institucionales

Lic. Ernesto Lentini*

Introducción
Dentro de las modalidades prestacionales que eventualmente pueden requerir personas con discapacidad aparecen -bajo la forma de residencias, hogares o pequeños hogares- los espacios de vida institucionales. Las múltiples determinaciones que atraviesan tales espacios dan suficiente testimonio de su complejidad, por lo que si bien resulta difícil poder delimitarlos como objeto de análisis (y, mucho más, arribar a niveles aceptables de consenso), procuraremos situar algunos ejes posibles de abordaje, con miras a promover la discusión y reflexión con los distintos actores involucrados en la atención de personas con discapacidad.

Son tres los escenarios que dan contexto a los planteos que aquí expondremos: en primer lugar, la experiencia de trabajo que desarrollamos dentro del equipo de CETEI; en segundo término, las reuniones que, bajo el formato de grupos de reflexión y en el marco del proceso de tratamiento de los concurrentes del Centro de Día, se realizan en forma periódica con sus familiares; por último, los ámbitos compartidos con integrantes de los equipos de instituciones y profesionales vinculados con la problemática de la discapacidad, dirigidos a promover instancias de teorización acerca de lo institucional.

Importa señalar que no es propósito de este trabajo precipitar en afirmaciones concluyentes ni en proposiciones generalizables sin más. Por el contrario, lo que presentamos en estas páginas es una elaboración que se sabe provisional y que traduce una lectura doblemente acotada: acotada, primero, por basarse en nuestra práctica y nuestra teorización respecto de un sector poblacional circunscripto dentro del campo de la discapacidad, ya que nos referiremos a las personas adolescentes y adultas con discapacidad mental; acotada también porque del contexto teórico de abordaje de lo institucional puntualizaremos sólo algunos aportes provenientes del discurso de las ciencias sociales.

Repensar la operatoria institucional
El primer punto que proponemos a la reflexión es el que se refiere a la posición que en lo social ocupan los espacios de vida institucionales. Tanto por las condiciones concretas en que se efectúa el ingreso de los concurrentes a tales espacios, como por el imaginario [1] que rodea su práctica, los espacios de vida institucionales parecen asumir una función de carácter remedial, de modo tal que se constituyen como recurso cuando el espacio familiar se disuelve o degrada sus posibilidades de provisión de cuidados y contención básicos. En tal sentido, su especificidad proviene de condicionamientos que les son exteriores, y respecto de los cuales se ofrecen como paliativo a la vez que como instancia de reparación.

Al analizar las normativas que regulan la actividad de las instituciones abocadas a la temática de la discapacidad, se advierte que las referencias a la promoción de mayores niveles de autonomía, autovalimiento e independencia constituyen una constante; sin embargo, resulta llamativo que dentro de las diferentes necesidades prestacionales allí previstas no exista la suposición de que en algún momento del ciclo evolutivo de algunas personas con discapacidad, el acceso a una vivienda alternativa a la del ámbito familiar pueda representar un factor de promoción de tales logros. En nuestra experiencia de trabajo institucional no es infrecuente observar procesos de deterioro del vínculo familiar, en los cuales la perpetuación de la posición de “hijo” como equivalente a “objeto-de-cuidados-permanentes” aparece inhibiendo posibles vertientes de desarrollo personal y de estructuración subjetiva, y contaminando el vínculo convivencial a punto tal que difícilmente podría calificarse tal estado de cosas como “saludable”.

Cabe preguntarse, entonces, si la salida del ámbito familiar no puede constituir en determinadas situaciones un movimiento en favor de la autonomía y de una creciente capacidad de autovalimiento. Hasta aquí, parece prevalecer un enfoque según el cual el acceso a tales espacios tiene por precondición cierto contexto de pérdida (de los familiares, de condiciones básicas de cuidado, etc.) para sus usuarios: en tal sentido, allí donde se propone un proceso de adaptación e integración a un espacio de vida institucional, pareciera más genuinamente tratarse de un proceso de duelo. Creemos necesario, por tanto, elaborar condiciones de sustitución de este modelo remedial por un modelo cuyos objetivos y lineamientos tengan por eje un enfoque dirigido a la prevención y la promoción.

Como segundo punto a interrogar, situamos el de las suposiciones que habitan este modelo. Remitiéndonos a la experiencia de trabajo en nuestro Centro de Día, la eventualidad de que algún concurrente pudiera requerir un espacio de vida institucional suele tomar un cauce previsible: la gestión de su ingreso a un Hogar con Centro de Día [2]. Situación que, desde nuestra perspectiva, refleja una tendencia totalizante (el espacio de vida institucional centralizando la totalidad de la experiencia vital del concurrente) y a la vez objetivante (situar al concurrente en la posición de un objeto cuyo destino se administra). Tales suposiciones caracterizan de tal modo las condiciones de gestión de las necesidades de las personas con discapacidad mental que, intentando remediar la situación de pérdida del espacio familiar, terminan imponiéndoles una nueva vivencia de pérdida: la de las referencias institucionales y vinculares que han podido construir. De aquí que muchas veces el acceso a una institución con Hogar -inclusive cuando resulte favorable para el concurrente- se concrete en condiciones que le demandan un altísimo costo psíquico, emocional y social.

Dado que usualmente los motivos que fundamentan el ingreso de una persona con discapacidad mental a un Hogar se asocian a situaciones de pérdida, la imposición de nuevas pérdidas (la del espacio institucional de referencia, la de su trama vincular, la de la continuidad de su tratamiento) aparece como una exigencia injustificable [3]. Entendemos que es preciso, por tanto, interrogar la naturalización de esta situación, ya que un espacio de vida difícilmente podrá representarse como un ámbito propio y personal cuando la determinación que lo prescribe aparece sustentada no desde sí, sino desde terceros, y cuando la promoción de condiciones de calidad de vida aparece desmentida desde el inicio, al prescindir de las posibilidades de elección y decisión del concurrente.

El tercer punto que proponemos analizar es el que se refiere a las condiciones de posibilidad de los formatos en los que aparecen integrados modalidades prestacionales con espacios de vida institucionales. Son numerosas las instituciones cuya práctica se inscribe en el modelo prestacional de “Hogar con Centro de Día” [4], y se encuentran tan incorporadas a la experiencia de nuestro campo que rara vez podemos visualizar la tensión que surca la relación entre ambos términos. Sin embargo, pensamos que es preciso interrogar la viabilidad de aquellos espacios de vida que coexisten con dispositivos institucionales orientados a la educación, tratamiento, rehabilitación, etc. de sus integrantes, ya que involucran aspectos de actividad específicos y cuya articulación no resulta en absoluto obvia. La tensión a la que aludimos es la que caracteriza a la operatoria de la institución en tanto tal: al espacio que construya para el despliegue de la experiencia vital de cada residente, a la prescindencia que debe instrumentar para dar cauce a la configuración del espacio de vivienda como atravesado por las características de intimidad y privacidad que le son inherentes, al vínculo necesario para que el ámbito de vida no se artificialice en un conjunto de dimensiones gestionadas y monitoreadas institucionalmente.

La subjetividad, el saber y el control social
Algunos desarrollos teóricos provenientes del campo de las ciencias sociales nos permitirán identificar con mayor precisión los perfiles de esta tensión que, según nuestra lectura, gravita alrededor de los condicionamientos que la institucionalización de las formas de vida impone a la subjetividad y, por añadidura, a las posibilidades de manifestación y reconocimiento de las necesidades y requerimientos individuales.

En primer término, la existencia de rasgos de orden estructural: todos aquellos dispositivos institucionales que se organizan a partir de una administración exhaustiva en las coordenadas de tiempo y espacio de ciertos grupos sociales constituyen, según Goffman, instituciones totales [5]. Como tales, presentan en su funcionamiento un conjunto de elementos invariantes, cuya principal característica está dada por el efecto mortificante que ejercen sobre sus residentes.

Constituyen formas directas de agresión al interno de una institución total la barrera que lo separa del exterior, el efecto de desfiguración personal que provoca la intervención institucional de su vestimenta, su apariencia, sus objetos y preferencias, y la profunda conmoción de sus límites personales [6]. Otras formas de mortificación, aunque menos directas, son sin embargo mucho más incisivas, ya que producen la ruptura de la relación entre el individuo actor y sus actos: se trata de la regimentación (a través de la cual se someten a reglamento segmentos minúsculos de la acción del sujeto, violando así la autonomía misma del acto) y la tiranización (pues -dado que estas reglas difusas se dan dentro de un sistema de tipo jerárquico- cualquier integrante del personal puede exigirlas a cualquier interno, multiplicando exponencialmente las posibilidades de sanción). La subjetividad representa, entonces, un objetivo crucial de la práctica institucional, pero no tanto para promoverla como para moldearla, en tanto aparece como el punto de resistencia a la matriz desindividualizante propia de las instituciones totales.

En segundo término, su genealogía: más allá de los rasgos invariantes que caracterizan a las instituciones totales, la valoración del espacio cerrado como dispositivo de intervención de ciertos conjuntos sociales adquiere contornos específicos en el contexto del advenimiento de la sociedad disciplinaria y la constitución del Estado moderno. En efecto, con la modernidad se produce la delimitación y construcción de categorías tales como la locura, la infancia anormal y la delincuencia, así como la creación de recintos particulares para su intervención [7], dando surgimiento a la configuración de un espacio asilar medicalizado en el cual nuevas estrategias del control de los cuerpos y los comportamientos dan cauce a formas de poder más sutiles e intensivas, inscriptas en saberes que psicologizan y patologizan la desviación.

La función de las instituciones queda, pues, redefinida por la planificación estatal de lugares de recepción para determinados sectores sociales, incorporando en sí las consecuencias del creciente proceso de cuadriculación social y de creación de dispositivos de vigilancia y control; de aquí que en su operatoria se expresen, en una coexistencia problemática, intenciones moralizantes, aspiraciones regeneradoras y prácticas adaptadoras.

En tercer término, la estrecha solidaridad entre la práctica institucional y los procesos de control social: la tarea de las instituciones -lo expliciten o no- vehiculiza al mismo tiempo una intervención de carácter político [8].

Este planteo aparece acentuado por la corriente antipsiquiátrica, cuando señala que los aspectos represivos y readaptadores de las instituciones no son accidentales [9], sino más bien una consecuencia directa del hecho de basarse en una serie de principios que condicionan su actividad en forma decisiva, tales como la necesidad de separación del anormal respecto de la comunidad, la importancia de la contención y supresión de las manifestaciones exteriores de la anormalidad, y el supuesto de la irresponsabilidad (la suposición de que los anormales no pueden hacerse responsables de sí); partiendo acríticamente de tales principios, las instituciones se encaminan a operar como sede y herramienta de mecanismos de control social.

Por último, las formas de saber y poder que lo institucional produce y reproduce: como señala Foucault, las instituciones son dispositivos insertos en un diagrama de poder que, apelando a mecanismos de saber (y poder), despliegan diferentes tecnologías para la construcción de los sujetos.

La escuela, el asilo, la prisión, el manicomio, la fábrica son, según este análisis, dispositivos en los cuales el cuerpo se hace objeto de un moldeamiento sistemático dirigido a controlarlo, disciplinarlo y docilizarlo, mediante técnicas que encuentran en los discursos de la pedagogía, la criminología, la psiquiatría, la economía o la psicología los saberes que les otorgan legitimidad [10]. Lo institucional constituye, así, el punto de convergencia entre una anatomía política (entendida como el ejercicio del poder sobre los cuerpos) y una biopolítica (o ejercicio de poder sobre las poblaciones), contribuyendo por consiguiente a constituir ciertas formas de saber-poder, fabricando determinados cuerpos así como determinadas relaciones sociales, promoviendo ciertas verdades e inscribiéndolas en determinadas y precisas relaciones de poder.

Conclusiones
El recorrido que expusimos en este trabajo tiene un doble propósito: por una parte, repensar la operatoria de los espacios de vida institucionales para personas con discapacidad mental a partir de la visualización de sus múltiples atravesamientos; por la otra, interrogar las condiciones de gestión social e institucional de las necesidades de dichas personas. Según nuestra perspectiva, ambas dimensiones se suponen mutuamente, y participan de modo decisivo en las características que revisten actualmente las formas de vida en instituciones y los problemas y desafíos que cotidianamente deben afrontar.

Como planteáramos anteriormente, las estructuras institucionales no pueden disociarse del campo social e histórico: la posición remedial, totalizante y objetivante que identificamos en la operatoria de las instituciones totales puede, por tanto, resignificarse como expresión de la tensión que se localiza entre la tarea que se atribuyen y los condicionamientos que la surcan. Independientemente de sus características particulares y de la especificidad de sus labores, las instituciones totales brindan testimonio de una perspectiva social y política, una racionalidad económica y una concepción acerca del sujeto y la sociedad sumamente precisas, y estrechamente ligadas con una serie de supuestos cuya funcionalidad respecto de los procesos de segregación, control y exclusión social hemos podido analizar.

Por ello, consideramos que es preciso suscitar nuevas miradas y nuevas preguntas alrededor de los espacios de vida institucionales. En primer lugar, pensamos en la importancia de la experiencia de apropiación del espacio de vida por parte del residente, lo que supone necesariamente su participación en las tareas y decisiones que definen su funcionamiento cotidiano; en segundo lugar, situamos la necesidad de desinstitucionalizar los espacios de vida, acentuando las posibilidades de expresión y despliegue de la subjetividad; en tercer lugar, planteamos la importancia de consolidar la autonomía de dichos espacios, tanto mediante la promoción de una trama relacional y operativa específica como a través de su desvinculación respecto de cualquier dispositivo institucional al que eventualmente pudieran concurrir sus residentes; por último, pensamos en la necesidad de flexibilizar las formas y los espacios de vida, promoviendo la autogestión, la creatividad y la desburocratización de la vida cotidiana.

Expusimos aquí una mirada crítica acerca de las determinaciones que atraviesan los espacios de vida institucionales, con el objetivo de repensar ciertos problemas y aportar algunos elementos de reflexión sobre esta temática. No es nuestra intención impugnar prácticas o metodologías puntuales, como tampoco lo es promover la desarticulación de los modelos vigentes actualmente. Más modesto, nuestro propósito es el de contribuir a la creación de nuevas formas de organización de vida para las personas con discapacidad, diversificando las opciones existentes y las posibilidades de elección y orientación, y delineando nuestra labor en términos de necesidades humanas, más que de requerimientos socioinstitucionales.

Bibliografía de consulta
Basaglia, F.:
La institución negada, Buenos Aires, Corregidor, 1976.
Castel, R.: La gestión de los riesgos, Barcelona, Anagrama, 1984.
Conrad, P.: “Sobre la medicalización de la anormalidad y el control social”. En AAVV: Psiquiatría crítica, Barcelona, Crítica, 1982.
Donzelot, J.: “Espacio cerrado, trabajo y moralización”. En AAVV: Espacios de poder, Madrid, La Piqueta, 1981.
Foucault, M.: La arqueología del saber, México, Siglo XXI, 1991.
Foucault, M.: Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1992.
Foucault, M.: Vigilar y castigar, México, Siglo XXI, 1987.
Goffman, E.: Internados, Buenos Aires, Amorrortu, 1972.
Goffman, E.: La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu, 1993.
Laing, R. D. y Cooper, D.: Psiquiatría y antipsiquiatría, Buenos Aires, Paidós, 1971.
Szasz, T.: Ideología y enfermedad mental, Buenos Aires, Amorrortu, 1976.

* Lic. en Psicología (UBA). Mgter. en Ciencias Sociales (FLACSO). Director del Centro de Día CETEI.