Prólogo

Ricardo Rodulfo

Es consecuencia directa del psicoanálisis como pensamiento, pensamiento cuya extensión y alcances desbordan el ámbito clínico propiamente dicho, la problematización, vale decir la puesta en interrogación, de una serie de objetos de pensamiento en tanto tales. No se trata de una mera extensión de un campo supuestamente originario: ya en textos muy clásicos de Freud se empieza a problematizar un objeto cultural, antes que nocional y conceptual como la locura, y su pareja opuesta, la normalidad. En este sentido el psicoanálisis desde hace mucho libra una batalla cuerpo a cuerpo entre ésa su incidencia problematizadora y la inercia que rebota sobre él en forma de reapropiación del pensamiento psicoanalítico por parte de aquella red de objetos culturales. Toda la relación del psicoanálisis con la psicopatología y toda su intervención en la psicopatología está fuertemente marcada por las huellas y los avatares de esta lucha que no cesa. 

Con el tiempo, otros pensamientos, otras disciplinas, más antiguas o más nuevas que aquel, se sumaron a esta problematización: ciertas corrientes de investigación histórica como las que en nuestro país encarna tan acabadamente Hugo Vezzetti, las prácticas reconstructivas que irrumpen en los márgenes de la filosofía con Jacques Derridá, la arqueología de Michel Foucault, las investigaciones sobre la medicalización de la sociedad y su eventual psiquiatrización inauguradas por Robert Castel, etc. etc.  Todas estas corrientes confluyen heterogéneamente y no sin profundas tensiones internas con el psicoanálisis y todas coinciden, no obstante sus enormes diferencias, en ese punto crucial de problematizar los objetos culturales, nocionales y conceptuales heredados así como las fronteras que los demarcan y que ellos demarcan así como las prácticas de intervención a las que dan lugar.

Es en esta tradición, pues es ya una no muy larga tradición pero tradición al fin, en la que se aloja cómodamente el texto de Ernesto Lentini que estamos preludiando. Tradición de cruces a los que no hace justicia un término en el fondo tan conservador como el de “interdisciplinario”; tradición de desmontaje de concepciones globales así como de la idea misma de globalidad entendida bajo la forma de un sistema teórico coherente y satisfactoriamente cerrado; tradición o más bien ética de la intranquilidad, de no apoyar la propia práctica en actitudes de teorización tranquilizadora; tradición de descubrir la ambigüedad en oposiciones aparentemente prolijas y nítidas en su polarización. En esta ocasión le toca el turno a un primer avance de investigación -este libro pone al autor en el aprieto de tener que emprender otros- sobre ese objeto aún poco interrogado que es la discapacidad mental o psíquica, se la llame así o de otras maneras, como retraso o como fuere. El mismo psicoanálisis ha sido muy tímido en su acercamiento a interrogar esta noción, más tímido a veces en esto que en su práctica, que mal o bien, a través del afrontamiento de clínicas que desbordaban la de la neurosis tarde o temprano lo llevarían a medirse con niños ubicados bajo ese nombre. Es que en el fondo, pese a que su compromiso “oficial” fuese con el orden de la afectividad, el psicoanálisis no dejó de estar determinado en parte por la noción de inteligencia, noción que en su vocabulario se esconde muchas veces bajo el eufemismo de “simbólico” o se designa como una capacidad suficiente para la verbalización. Esto funcionó, y es explícito en Freud ya, como el presupuesto de un cierto nivel de inteligencia en el que se basaría la analizabilidad de un paciente. De esta forma, se practicó una exclusión silenciosa durante bastante tiempo, mucho menos ruidosa que la que algunos hicieron respecto a los trastornos de naturaleza psicótica. Pero no menos real. En este sentido no me parece casual que una investigación preliminar como la que aquí emprende Lentini se sitúe en un contexto como el argentino (o el porteño) donde desde lo psicopedagógico y educativo se le formulan muchas demandas de ayuda al psicoanálisis, más o menos bien colocadas o afortunadas.

Paso a paso, lo verá el lector, se van puntuando distintas marcaciones teóricas y las frágiles bases científicas o más o menos en las que se ha ido sedimentando como noción global la de discapacidad mental. El autor sabe poner de relieve las ocultas jerarquías que atraviesan los vocabularios y las clasificaciones, punto no menor: aquí como en todas partes, la profesión de neutralidad que hace una clasificación invariablemente se apuntala en una tabla de valores extremadamente vertical, donde el defecto, el déficit, el desvío, una y otra vez se hacen cargo como únicos representantes -y abusivos- de todo orden de diferencia, sino de la diferencialidad misma.

Por supuesto, Ernesto Lentini no incurre en ese apresurado gesto que arrojaría como deshecho el problema confundido con sus tentativas de solución: al contrario, el itinerario emprendido aquí apunta a poder pensar mejor lo efectivo, el “núcleo vivo”, que late bajo las distintas caracterizaciones que intentan dar cuenta de la discapacidad mental; antes bien, el punto es llegar a una detección y a una mejor intervención clínica sobre lo que está en juego a través de aquella problematización del objeto cultural establecido como tal y de la inercia de la discursividad que lo soporta. Creo que para Lentini, como para muchos de nosotros, se trata de pensar, en todo caso, el déficit desde la diferencia en lugar de reducir esta a aquel, cualquiera sea. Eso mismo hace necesario el estallido, notorio a estas alturas, de la noción de inteligencia tal como llegara al pasado Siglo XX, pues cualquier problematización de la discapacidad es imposible respetando la integridad de aquella noción, en el fondo aún tan etnocéntrica y logocéntrica.

Esto último podría suplementar el desarrollo de este libro. Existe un orden logocéntrico absolutamente previo y absolutamente condición de posibilidad de cualquier orden de medicalización-psiquiatrización­psicologización de la existencia humana. Hemos avanzado bastante en la decentración de lo subjetivo respecto de la conciencia y de cualquier Yo empírico-trascendental; bastante menos en lo que hace a la decentración del centro mismo y a la solapada solidaridad entre dicho centro y lo logo­céntrico. De hecho, las más de las veces logos y centro funcionan como equivalentes o como sinónimos implícitos no asumidos. Evidentemente, en un orden así, la discapacidad mental se encuentra desde el principio afectada por un enmarcamiento que no deja mayor espacio a matices, relativizaciones y diferencias, salvo aquellos y aquellas que responden a la jerarquía vertical que hemos evocado.

Lo ameno de las páginas que siguen, la fluidez de la escritura y de la narrativa condensan no poca investigación y considerable esfuerzo de pensamiento, el necesario para llegar a dar en el blanco en el objeto que se problematiza. Esperamos que su lectura y su difusión alienten no solo al autor sino a otros estudiosos en estas disciplinas de la singularidad a proseguir por el camino abierto.

 

Buenos Aires, octubre 2006.-